viernes, 15 de febrero de 2013

Django desencadenado



Como bien diría el agente Smith de Matrix, era inevitable. Era inevitable que el señor Quentin Tarantino volviese a sacarse de la manga otra obra maestra, una más para añadirla a su amplia colección. Había quien, y no se lo reprocho, se empezaba a preguntar si el genio incomprendido del de Tennessee se agotaría en algún momento y se hundiría hasta las rodillas del lodo del cine basura. Nada más lejos de la realidad. Queda Tarantino para rato. Es algo similar a lo que ocurrió con Chris Nolan cuando en los dos últimos años estrenó la última y espectacular entrega de la que, es, para mi, la mejor trilogía cinematográfica de todos los tiempos, y, poco antes, deleitaba a todos los amantes del buen cine con una obra maestra titulada Origen. Algunas voces en el mundillo del cine comentaba que existía la posibilidad de que el rotundo éxito del londinense fuera momentáneo después de firmar El Caballero Oscuro, pero no fue así.

Si Malditos Bastardos era de 10, a Django habría que ponerle una nota de 11. Incluso un 12 no sería descabellado. Y ahora voy a decir por qué, aunque, sinceramente, no creo que sea una película que necesite que la defiendan.

Razón número 1: excluyendo por razones obvias el cine de Chris Nolan y de Peter Jackson, ¿cuántas películas pueden preciarse de tener un metraje de casi tres horas sin que el espectador pierda el interés en ningún momento? Pocas, muy pocas, y eso es uno de los mayores logros de Tarantino. Y no solo eso. Por si fuera poco, no reserva lo mejor (que ya es decir) para la segunda mitad. La primera mitad es fantástica, con la hilarante escena de los jinetes de Ku Klux Klan, por poner un ejemplos claro. Pero la segunda es magistral. Curiosamente, coincide con la entrada en escena del gran Leonardo DiCaprio, interpretando un papel que hasta ahora no estaba en la larga lista de los personajes a los que ha puesto piel el angelino: el de villano. Era también otra de las incógnitas que planteaba este filme. Cómo iba a responder DiCaprio. Con matrícula de honor. El clímax de la película llega en la brillante escena del comedor de la mansión Candieland, con los cinco protagonistas unidos y el espectador conteniendo la respiración y esperando que el plan del doctor Schulz no falle.

Razón número 2: el reparto. Claro está que algunos brillan más que otros, pero en general el trabajo que realizan solo puede ser alabado. Jamie Foxx, el supuesto protagonista, quizá esté a un nivel algo más bajo que los demás, pero eso se debe a que su personaje es muy diferente al de los demás. Es más bien el hilo conductor de toda la trama, con quien arranca y con quien termina la película. Luego hay que hacer una mención muy especial al tridente mágico que forman Christoph Waltz, el ya mencionado DiCaprio y Samuel L. Jackson. Es para quitarse el sombrero. Los tres tienen sus momentos de gloria (y digo sus, en plural), hacen reír al espectador con sus intervenciones y consiguen que temamos por su suerte. Bueno, esto último probablemente solo se puede decir de Christoph Waltz. El austríaco, que hasta hace cuatro años era un absoluto desconocido en el panorama internacional, carga con un personaje radicalmente distinto al que interpretó en la película que le catapultó a la fama mundial. Si en Malditos Bastardo era el personaje más odiado de toda la película, aquí se convierte en el más querido. Otro de los aciertos de Tarantino, no encasillar al bueno de Waltz en el papel de villano, y dejar que el incuestionable carisma del actor se encargue de todo. Así de fácil. Samuel L. Jackson, aunque tenga menos protagonismo (relativamente) que los demás, protagoniza, y coincidiendo con su primera aparición, una de las escenas más cómicas. Y no acaba ahí. El de Washington crea un personaje memorable, creíble al 100% y a todas luces muy trabajado. No hay más que ver sus gestos, su forma de hablar y de moverse. Además, cargando con un papel bastante desagradecido, el del esclavo negro que apoya todas y cada una de las acciones de su amo, sin importarle cuanto sufran sus congéneres de color. Además de todos ellos, hay que destacar a un buen número de secundarios, como Kerry Washington, a la que apenas hemos visto antes en papeles relevantes de la gran pantalla, y Don Johnson.

Razón número 3: el guión. Es buenísimo, casi perfecto. Ya sabemos que es uno de los puntos fuertes de Tarantino, pero el de Django es para sacarse el sombrero. Pocas veces en la última década se han visto películas con unos diálogos tan bien hilados como los que pueden verse aquí. Y hay muchos, que nadie piense que es solo una conversación o dos aisladas. Así de memoria puedo recordar no menos de seis escenas en las que todo el  peso de lo que ocurre en ese momento son los diálogos. Qué no daría yo por poder leerme el guión.

¿Alguien da más? ¿Queda alguna persona que siga pensando que Django Desencadenado no es una auténtica obra de arte?

Quentin, esperaremos con impaciencia tu siguiente película.

Mi puntuación:


10/10 (le pondría más si pudiera)