viernes, 23 de enero de 2015

La fascinación de lo desconcertante

¿Cuál debería ser el criterio a seguir a la hora de calificar a una película de obra maestra? Esta es una pregunta que en más de una ocasión me he hecho, especialmente justo después de ver un filme especialmente bueno que te hace preguntarte si sobrepasa la línea nunca inmóvil que separa lo excepcional del resto. Como siempre digo, cada uno puede pensar lo que quiera al respecto, pero dado que este es mi blog y algo tendré que escribir para introducir esta crítica, mi creencia es que para considerar obra maestra una película tiene que unir una calidad técnica incuestionable, un argumento sólido e interesante en todo momento y algo que la haga destacar sobre las demás. Y, claro está, que te guste.

En esta últimas semanas estoy comenzando a ponerme al día con la obra de uno de los más grandes directores de cine de todos los tiempos, el sueco Ingmar Bergman (quien, por si alguno se lo pregunta, sigue vivo), y entre varias obras generalmente notables, si tuviera que destacar una de las que he visto hasta este momento, sería Persona, uno de los títulos más desconcertantes que he visto, y que a la vez produce una fascinación única.
Protagonizada por dos de las actrices habituales en los filmes de este extraordinario realizador, Liv Ullmann y Bibi Andersson, Persona es, simplemente, una película difícil de explicar con palabras, dado que gran parte de su fuerza se la debe a una atmósfera inquietante a unos niveles altísimos, que arranca en sus primeros minutos con unas secuencia de imágenes y escenas que no parecen tener relación con el resto de la historia (yo al menos no he encontrado el sentido, y sinceramente no lo veo necesario), y prosigue en una suerte de película de intriga con un alto contenido psicológico y, como es habitual en la filmografía de Bergman, hurga en las almas de sus protagonistas. Aún así, no es tan existencialista como otros de sus filmes.

El motivo de la excelencia de Persona no es otro que el de crear una obra redonda, sin ninguna arruga ni nota discordante, con dos protagonistas de las que uno termina sin saber qué pensar de ellas y un argumento que te dejará pensando durante mucho tiempo, sea por encontrarle un sentido o simplemente por el mero placer de rememorarla. Bergman hace uso de un despliegue sensacional de primeros planos y escenas de muchísimas intensidad narradas con una ritmo pausado que, en una película como esta, crea aún más intranquilidad. No se si se puede decir que es uno de los mejores títulos de la historia, pero en mi opinión no puede estar muy lejos de ellos. 

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